Categorías
Blog

Jos y yo decidimos casarnos

En abril Jos y yo decidimos casarnos. Escribo esto para no olvidar nunca.

En abril Jos y yo decidimos casarnos. Creo que corría el sábado de semana santa cuando, mientras comíamos pizza casera horneada al carbón y cada quién miraba las redes sociales en su celular, nos enteramos al mismo tiempo de la boda de una conocida nuestra en Ciudad de México. -No mameees, Mariana también se casó.- Qué feliz se ve. Tsss es que tanta pinche muerte, hace que te animes a hacer cosas ¿no?

Nuestra decepción ante las pizzas comerciales no había dejado de crecer. Por nuestra ubicación en la ciudad las únicas que llegan a casa son las Dominos, siempre ya frillonas y aguadas. Ante el tremendo antojo, Jos decidió que nos hiciéramos de un disco de cerámica para hacerlas nosotros, se convirtió en una de las grandes compras de la pandemia.

Nos miramos a los ojos, luego hicimos cuentas, este año cumplíamos diez años juntos, y el aniversario justo caía en sábado, el siete de Agosto. Faltaban poco más de cuatro meses. -¿Qué pedo? ¿Lo hacemos? -preguntó uno de nosotros mientras el otro indagaba también con la mirada al tiempo que asentía. Así fue que nos propusimos matrimonio.

Empezó la cuenta regresiva. Ese mismo día hicimos el evento de facebook. Nos llovieron las felicitaciones, a mí me daba todo mucha risa, pero de la nerviosa, ni yo me creía que de verdad fuéramos a hacerlo, que fuera a suceder.

De repente, Agosto asomaba en el horizonte como una promesa movediza y nebulosa. Como línea de meta. Había que llegar al siete de Agosto, había que llegar bien. Tantos detalles de qué ocuparse. Tantas cosas que no sabíamos de las que había que ocuparse.

De verdad empecé a emocionarme mucho, a sonreír como idiota cuando en medio del trabajo, recordaba que sí, que nos íbamos a casar. Pensaba que el chiste mamón que hacía de repente, ese de que «ah, ya voy a poder coger cuando me case» o «no puedo opinar de eso porque no me he casado» ya tenía fecha de caducidad.

Me las arreglé casi siempre para soltar este chascarrillo con mucha seriedad, no faltaba quién me mirara con cara de WTF, incapaz de creérselo, con una sonrisilla de nopinchesmames en  los labios para luego cagarse de risa.

Mi amiga Rebeca, sorprendida ante la noticia (y cuya boda espero con hartas ansias) me escribió por el guats: «¿No que eso siempre te había valido madres?» Parecía que no tanto. Hace más de diez años, mi amiga Lucy, durante los frenéticos preparativos para su enlace, me había dicho que una boda movía muchos sentimientos. Ella se refería, por supuesto, a los demás, a la familia, los amigos, los enemigos -lo cual es ciertísimo-. Pero nada me preparó para el terremoto emocional que fue para mí ese día.

En Marzo nuestras amigas Ada y Gaby se casaron en una pequeñísima y deliciosa ceremonia en su casa. Fuimos solamente ocho personas más los animalitos. Ahí conocimos a la que es conocida en el medio como «la jueza del amor» una mujer de presencia innegable, con un glamoroso pelazo rizado que además hablaba como María Félix, con los huevos y  el desparpajo que da la experiencia de haber atado y desatado a cientos de parejas, o por lo menos, eso fue lo que me imaginé.

En mi mente la señora agarró un aire de personaje mítico, sacerdotal, brujil, cuando declaró que por sus facultades convertía cualquier lugar en un registro civil ante cualquier pareja que reuniera los requisitos que marca la ley. Quisimos que ella nos casara. Con ella nunca funcionó la mensajería instantánea. Como una diva de décadas pasadas, ella sólo respondía a las llamadas.

Cuando me marcó para pedirme indicaciones para encontrar mi casa, se las pasé a la antigua, recurriendo a la cuenta de semáforos y oxxos como puntos de referencia. El día de la boda llegó y lo primero que hizo al llegar a nuestra casa fue congratularme por mi habilidad para dar señas.

«Mira mija agarra papel y lápiz que te voy a pasar todos los requisitos» -me dijo el día que le llamé. Pendejamente asumí que me pasaría por correo electrónico la lista con todo, así que cuando empezó a recitar, efectivamente tuve que correr por algo donde anotar y para escribir agarré uno de mis lápices de dibujo.

Para quienes no se han casado: la verdad es que no se necesitan muchos papeles,  muchas cosas son de sentido común como la ife, las actas de nacimiento, las ifes de los testigos, los exámenes médicos prematrimoniales, etc. La verdad juntas las cosas bastante rápido, sólo quiero pasarles algunas precisiones -nadie me preguntó pero me vale- para que no den vueltas de más: las actas de nacimiento deben ser recientes e impresas a color (se consiguen en línea, se pagan en línea, te las mandan en pdf),  los exámenes de sangre deben ir acompañados de un certificado de buena salud, un papel donde alguna médica o médico haga constar que estás al putazo física y mentalmente (esto último, ¿quién lo está?) para contraer matrimonio. Este documento, -volví a asumir,  no asuman nada, asumir es la madre de las cagadas, decía mi Madre- creí que de alguna manera estaba sobreentendido o incluido con los exámenes médicos. Pues no. Ada y Gaby precisamente nos recomendaron  un laboratorio donde te extienden ambos requisitos, pero no fuimos ahí porque quise probar un lugarcito de desayunos cerca de Centro Magno y pues la tripa mandó.

Lo que pasó fue que la jueza del amor me llamó para decirme que no estaba el certificado médico, esto sólo a tres días de la boda. Aquí es cuando tener amigos doctores que te aprecien prueba ser invaluable. Muchísimas gracias a Juan Pablo por ser nuestro padrino de emergencias.

El curso prematrimonial del DIF es otra de las tareas a tachar, la ventaja es que se paga en línea y por la pandemia no es necesario hacerlo presencial, consiste en mirar un video de Youtube donde un cuatito con cara de pasmo te explica qué onda con los regímenes bajo los cuales puedes casarte y en qué consisten.
Hasta aquí lo útil del video, que dura como cinco minutos, la otra media hora son consejos como sacados de una telenovela, puras ideas clichés de manual de catecismo sobre la confianza, la fidelidad, la comunicación, la crisis de valores y así. Pueden tomárselo con humor como hicimos nosotros y se pasa rápido. Luego avisas por correo que ya lo viste y te mandan  unas preguntas a modo de examen, las respondes y listo, tienes tu certificado. Recuerdo que vimos el video en la noche, echados en la cama, enpijamados y cagándonos de risa de las ocurrencias del don. Y es que está claramente, -según nuestra apreciación- hecho para parejas súper jóvenes que seguramente nunca han cohabitado. No para una incipiente cuarentona (COF COF treintaynueve) y un treintayseisañero que llevan diez años de camino en común y que ya han vivido algunas cosas juntos.

Ahora, los anillos. Te-ma-zo. Lo que los dos queríamos era algo que al verlo nos recordara nuestro amor, nuestro compromiso, todo aquello que hemos pasado y construido, algo que al tocarlo en medio de momentos complicados nos diera fuerza, que al mirar en momentos de pérdida y ausencia nos reconfortara. El memento definitivo.

En cuanto decidimos casarnos, empecé a investigar joyerías en instagram. Mi primer y segundo mecenas son ambos joyeros, así que por años vi desfilar frente a mí toda suerte de piezas nupciales de metales y piedras preciosas. Incluso tengo conocimientos, -con todo y diploma de la GIA- acerca de los diamantes y hasta una lupa de joyero (maravilla de artefacto que sobretodo empleo para espiar la intimidad de la anatomía de los insectos, las nervaduras de las hojas de las plantas y toda clase de objetos que atrapan mi curiosidad) así que sabía exactamente qué clase de anillos no quería.

El tradicional, ritual culmen del amor romántico: la entrega del anillo de compromiso por parte del hombre a la mujer no era algo que resonara con la clase de relación que llevamos, donde nos hemos apoyado al otro a lo largo de los años, parejo, hombro con hombro, como un subibaja, -y no me lo tomen a mal, me he conmovido hasta chillar en las entregas de anillos a mis amigas, encuentro muy hermoso el gesto, solamente que ese gesto no somos nosotros- no era algo que fuera a suceder.

Confieso que sí me enamoré brevemente de un anillo de compromiso de turbulenta belleza hecho con un diamante sal y pimienta (las inclusiones de carbón son muy visibles como manchitas negras) de una joyería del norte del país, pero no me prendé de su significado sino de su forma fascinante y me sorprendió gratísimamente que la industria ya esté usando los diamantes mal llamados «defectuosos» para precisamente explotar el símbolo de la permanente imperfección humana.

Finalmente elegimos a una chica cuyo taller nos quedaba muy cerca, su trabajo contaba con una impresionante lista de piezas hechas por encargo, no en serie. Nos decantamos por unas argollas sencillas en plata, lisa para Jos y con pequeñísimos diamantes para mí. No olvidaré el día que nos las entregaron en la glorieta de Las Fuentes, los diminutos diamantes refulgiendo con su serena belleza bajo esa soleada mañana de Mayo, recuerdo que desayuné unos hot cakes con tocino que me supieron a gloria. Tampoco se me escapará el mediodía en el que pasé a recoger el body titilante en el que me casé, el día en el que me di cuenta de que necesitaría una buena fashion tape para evitar que se me saliera una chichi enfrente de nuestros padres en medio del streaming. Tampoco olvidaré cuando Jos eligió su traje, se subió a la alta plataforma redonda desde donde se miró en los espejos de 180 grados y le midieron el largo de las mangas, de los pantalones, mientras yo no podía parar de sonreír como idiota por debajo de mi tapabocas. Ni siquiera se me ocurrió sacar el celular para tomar fotos. Todas esas imágenes vivirán solamente en mi cabeza.

Hubo un miércoles en el que temprano pasaron por las perritas para cortarles el pelo, nos las regresaron hasta las siete de la noche. Recuerdo que las extrañamos un chingo. Cuando Tota llegó con su copete mal cortado, con un mechón parado como antena en medio de su cabecita, nos pareció encantadora, como todo lo que tiene que ver con ellas. Hubo un sábado nublado en el que mis amigas y yo, cagadas de risa, peinamos todo Fantasías Miguel buscando las letrotas y 
demás decoraciones para el jardín, pasamos por tortas ahogadas al final y desayunamos delicioso en casa. Fuimos a comprar pasto para nuestro jardín, -por años fue tremendo terregal- también encargamos unas huellas de piedra con las que hicimos un caminito. Coincidió con la llegada de las lluvias así que el césped no sólo agarró sino que prendió 
precioso.

Una semana y media antes de la boda, el jardinero lo podó. Le dimos forma al Túnel del Amor, un mame que se me ocurrió al principio hacer con cartón, pero luego caí en cuenta de que el olivo negro y el algarrobo, abrazados ya desde hace un par de años, lo formaban de manera natural. Así que solo hubo que podar algunas ramas con cuidado y quedó listo el breve pasadizo verde.

También recordaré ese domingo por la tarde noche cuando encendimos los foquitos redondos que pedimos para el jardín (la primera serie nos la mandó una amiga) Jos la fue colgando de las ramas de nuestros árboles. El resultado fue una atmósfera de ensueño, privada, centelleante de calidez. Como la intimidad entre cuatro paredes que Jos y yo hemos afianzado, como nuestro día a día, como nuestra dulce rutina, refugio del mundo.

Ada y Gaby vinieron un sábado a ayudarme a pintar las letrotas y a comer pizza al carbón. Siendo totalmente sincera, podía pintarlas perfectamente yo sola, pero esa D y esa J y esa 
cosa llamada Ampersand («¿Se le dice esfínter a esa madre?» le pregunto a Jos mientras escribo esto) me dieron el pretexto perfecto para atraer a mis amigas a casa y pasar una tarde de chisma y comida deliciosa dos semanas antes de la boda. 

Atesoro las notitas que venían con cada regalo, no esperábamos que la gente nos enviara tantas cosas, a final de cuentas, pensé, vivimos juntos desde hace mucho y ya tenemos todo lo necesario. Pero los amigos y familia nos inundaron de presentes. Todo comenzó con una sandwichera que recibimos llenos de emoción, a esta le siguieron muchos más, agasajándonos todas las semanas. Cada vez que recibíamos algo, agradecíamos en el evento de facebook con alguna foto o video.

Mi amiga Michelle Freyria, extraordinaria fotógrafa, nos hizo nuestra sesión de novios un día antes de la boda.

Sin dudarlo te volvería a elegir una y otra vez, gracias por elegirme a mí. Hoy nos casamos. Feliz décimo aniversario mi amor.

Tengo que apuntar que tuvimos el privilegio de ser retratados por su gigante talento porque ella nos lo obsequió cuando anunciamos que nos casaríamos. En el patiecito alargado del Momotabi Mochi Market no sólo logró capturar nuestra delirante espectativa, lo radiantes que estábamos, (una visita de cuatro horas a la estética el día anterior nos dejó bien chaineados) sino que nos animó a mirarnos fijamente a los ojos, y creo que Jos y yo pudimos sentir, ver en los ojos del otro esa energía chisporroteante de felicidad. Esa incandescencia fluyendo de uno al otro. También bebimos tés, Jos uno negro frutal y yo uno tailandés, comimos mochis rellenos de nieve, platicamos delicioso, sin corrección, como en los viejos tiempos en que Mich y yo fuimos roomies.

Esa misma tarde preparé el pozole rojo que serviríamos al día siguiente, pasaron muchas cosas: ayudamos a un colibrí exhausto que se metió a la casa, no encontró cómo salir y yacía inmóvil en el suelo. Le estuve dando agüita y jarabe mientras hervía el maíz, mientras hidrataba los chiles para la salsa, no supe en qué momento voló.

Cuando hervía fuerte el caldo ya rojo, llegaron una docena de rosas encarnadas de parte de Hiroyuki y Yukari, la encantadora pareja dueña del Airbnb en el que nos hospedamos en Sapporo, fue muy conmovedor e inesperado.

Queremos volver a Japón, chingados. Nuestra Luna de Miel no puede ser en otro lugar. Jos se puso a limpiar la casa. Se nos hizo tarde. 

Al día siguiente, a unas horas de la firma, nos levantamos temprano para terminar el quehacer. Barrí descalza toda la casa. Nadie sabe pero bajo mis medias y calcetas, me casé con las plantas de los pies todas puercas. Ya no me dio tiempo de lavarme las patas.

Ada y Gaby llegaron y terminaron de decorar el túnel del amor, fui por los arreglos florales con mi vecina, vestimos de gala a las perritas con el smoking y el vestidito que les regalaron.

«El perro» como le decimos a las chiquitas de cariño sin importar su género, estaba listo para su misión. «El perro»: gran concepto.

Los acontecimientos se precipitaban. Abrimos la primer botella de vino. Hicimos un breve streaming, ahí estaba nuestra amiga Kumi, mirándonos desde Kyoto, donde eran las 4:30 am.

Llegó mi suegra, llegó mi Papá. Llegó la jueza media hora antes. Nuestra intención era casarnos en la mesa del jardín pero teníamos plan B en el comedor en caso de que no se nublara, este fue el caso.

El sol estaba muy fuerte así que todo tuvo lugar en la cocina, nuestra cocina que es un lugar tan importante, nos casamos en una mesa donde últimamente dibujo, donde he dado clases, donde hemos comido infinidad de veces, donde he chillado, discutido, planeado expos, viajes. Donde me he echado getitas inclinando mi cabeza sobre ella, una mesa que me ha acompañado a todos los lugares donde he vivido desde que me independicé de la casa materna.

Nótese que tengo pedos con el apego, pero en esto estoy de acuerdo con la jueza en lo que nos dijo cuando nos casó: yo no quiero soltar, quiero sostener, quiero cuidar, hacer crecer. Cuando supe de la frase esa de Marie Kondo, que si algo no te inspira gozo pues te deshagas de ello, no pude sino suspirar porque la mayor parte de las cosas que poseo sí, sí me inspiran gozo. O nostalgia. Ya valió.

Durante todo el día de la boda tuve muy presente a los que ya no están, sobre todo a mi Mamá, quien siempre quiso mucho a Jos.

Andaba yo por ahí, paseando bajo el túnel del amor con mis pies negros embutidos dentro de unos zapatos que eran de ella, con una copa en la mano, posando para las fotos, untándome en la pared para un mejor encuadre con las letrotas, luego comimos pozole, no supe cómo pasó pero el aguacate voló, también las tostadas. Pusimos nuestra playlist, y cuando empezaron los acordes de «Dance me until the end of love» de Leonard Cohen, Jos y yo bailamos un vals improvisado -nunca pensamos en el vals, solamente se dio- en la cocina. Este momento también sólo seguiría vivo en nuestra memoria si no es porque Gaby nos vio y nos grabó.

Luego partimos el pastel, una preciosa delicia de naked cake de chocolate y crema de café.

Mi suegra se fue, mi papá también, después Ada y Gaby. Nos quedamos Jos y yo. Y todo debía ser felicidad, pero no lo era. En este punto ya estaba bastante borracha, según yo había contrarrestado el alcohol bebiéndome un electrolit pero no funcionó.

No podía dejar de pensar en todos los que ya no están, los que no nos pudieron acompañar, las pérdidas de los amigos y amigas durante los últimos dieciocho meses, mis abuelas, mi Mamá.

Qué hubiera pensado mi Mamá, qué hubiera sentido, qué me hubiera dicho. Recordé a mi abuela paterna, su advertencia hacia mí cuando era niña: «mija nunca te cases», «Ah, pues ya lo hice abuelita, pero me va bien, nos va bien». Los extrañaba a todos y todas, hasta a aquellos que nunca conocí.

Me eché a llorar en la mesa del jardín, bajo las luces cálidas que habíamos ensayado la semana pasada.

Después de un rato y conforme bajó la luz, Jos me convenció de subir. Como pude aparté los cojines para meterme a la cama.

-«Amor, mira cómo dejaste al perro»- me dijo Jos.Volteé a ver a Tota, sus patitas apenas se asomaban bajo el alud de almohadas, en mi vergonzoso estado la había enterrado sin piedad. Me dio muchísima risa, hecha un lío de lágrimas y mocos me caí de la cama, dí el costalazo en la alfombra. Afortunadamente, mi estado etílico me tenía muy flojita así que ni sentí el madrazo. El golpe sólo logró que me carcajeara más. Como en otras ocasiones, mi esposo me ayudó a levantarme… Mi ahora esposo.

Escribo esto para no olvidar nunca.

Diana.