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Crónica sobre la inauguración de la exposición «Entrelíneas. Soñamos en blanco y negro»

Faltaba apenas una semana para casarme cuando recibí el mensaje. Una propuesta para exponer en la Galería Javier Arévalo en Cultura Zapopan. La portadora de la noticia: Dolores Garnica. Una mujer a la que ubico (y me ubica, ella conoce a prácticamente todos los y las artistas de la ciudad) desde hace casi veinte años.

Conocí a Lolis cuando era periodista cultural de un diario local, luego seguí con interés sus artículos y críticas de arte siempre que me las encontraba en la revista del ITESO, Magis. También es gestora, curadora, hacedora. Es de esas personas que hace que las cosas sucedan, que las materializa, y vaya que ve cómo hacerlo, vaya que sabe por dónde darle la vuelta a las dificultades, sortear baches burocráticos, sabe cómo pedir las cosas para que te las acepten, enumero todo esto porque quedé muy feliz con la sinergia que hubo entre ella y yo en el proceso de montar esta muestra.

He sido autogestiva prácticamente toda mi carrera, estado cien por ciento involucrada en todos los detalles que implican que un evento de este tipo llegue al público, y cuando ella me dijo que se encargaría de todo, al principio no sabía cómo tomarlo. Confieso que me dio un poco de ansiedad no tener control de muchos aspectos pero al final fue delicioso sólo ser artista y ya.

Temblorcillo de emoción

Dolores fue a mi casa para la visita de estudio, a ver la obra disponible. Este año no iba a tener evento de ningún tipo debido a la pandemia, además, estoy a medio camino (eso creo yo, igual ando a menos) de una serie nueva y según yo no iba a enseñar nada hasta que estuviese terminada. Pero cuando empecé a sentir ese temblorcillo de emoción, tan familiar para mí, de una expo que se avecina, supe cuánto lo necesitaba. “No mames Diana, esto está increíble” – me dijo Lolis toda entusiasmada, o algo así. Igual suena bien dramático pero ya se me andaba olvidando lo que es que un par de ojos frescos mire tu trabajo.

Tenía ya unos meses mirando mis nuevos dibujos con el típico recelo autodestructivo del artista, frases recurrentes me corrían por la cabeza como ratas frenéticas: “ni está tan bueno” “está fellón” y muchísimas más. Las mordidas culeras de ese horrendo zombie interior creo que todas y todos las conocemos. Y por eso es que cuando Dolores estaba en modo curadora, fascinada, fue un bálsamo.

Saqué bocetos de muchos de los dibujos, ya sabía que la expo iba a tener lugar en el marco de la presentación de la nueva Casa del Autor Zapopan, santuario del dibujo y la narrativa con imágenes, así que pensé que unos bocetos podrían complementar de maravilla. Total que estábamos muy felices las dos, curadora y artista, en esa mañana de agosto riendo bajo el cubrebocas, compartiendo exquisita chisma de la vida, del mundillo artístico.

Hubo juntas por Zoom, claro, ahí conocí a Emmanuel Peña, el otro dibujante con el que comparto el espacio (son dos muestras individuales) debatimos sobre el nombre de la expo, se armó el timeline para todos los detalles con concisa eficiencia. Yo tenía mucha preocupación acerca de cómo iban a estar montados mis dibujos en las paredes.

Los detalles macabros

Lolis había mencionado unos acrílicos pero yo quería, como en todo en la vida, conocer los detalles macabros. Así que ella tuvo la delicadeza de meterme a una junta con el equipo de montaje donde despejaron todas mis dudas y mis miedos se evaporaron. Al principio no sabíamos si habría una inauguración como tal, la tercera ola de la pandemia rugía en la semana cuando se empezó a gestar la muestra, porque sí, todo esto se montó en tres semanas. El panorama lucía muy incierto a este respecto, pero al final hubo evento, y vaya evento.

Un día antes, Emmanuel y yo intervinimos el muro de la Galería que da a la calle con un doble mural efímero mientras a nuestro alrededor terminaban de pintar las paredes y montaban en los muros los dibujos de él. Otra cosa: para cada artista mandaron hacer sendos viniles de nuestros personajes y nuestras firmas. Cuando llegué ese lunes, mi expo ya estaba puesta. Miré mi obra en los muros recién pintados, bajo las luces dirigidas desde los rieles. Ví a la Serafina en vinil de tamaño natural adherida al muro con sus picozapatos. Fue bien conmovedor, seguro que no paraba de sonreír. Como dije más arriba: lo necesitaba tanto. Intervinimos el muro, comimos tacos, me chingué una nievecita de garrafa de vainilla. Emmanuel y yo nos conocimos más mientras dibujábamos. Ya estaba casi todo terminado.

Era pura hambre yo

El martes siete de septiembre (Lolis no pudo evitar canturrear la canción de Mecano cuando nos dijo la fecha tentativa de la inauguración) llevé a mis amigos de Costa Rica a ver los dibujos. Fueron los primeros en recorrer la expo. Fue una de esas chiripas divinas que se encontrasen en la ciudad al mismo tiempo que una muestra mía. Y nada, que también me di cuenta de lo mucho que me hacía falta conectar con el público. Total que era pura hambre yo. Traía una hambre profunda de esa faceta del trabajo artístico y no lo sabía. La noche de la apertura yo me esperaba algo súper discreto y con poquísima gente. Tampoco fue un fiestón rimbombante con cientos de personas pero sí había suficiente ambiente, personajes, bebidas y bocadillos como para que sintieras que sí, que esto es una inauguración de arte. La obra de Emmanuel y la mía estaban en el marco de la apertura/presentación de La Casa del Autor Zapopan, proyecto hermano de La Maison des Auteurs en Angulema Francia, lugar fabuloso a donde viajé en 2018 representando a México con mi libro de Serafina, en el marco de su mítico Festival del Cómic y la Novela Gráfica. Conocí la Casa del Autor de allá (el proyecto madre de este) con sus estudios cálidos, ventanas que dan a sus encantadoras calles o al río Charente, platiqué con varios artistas, con su directora, Pilar Muñoz. En la inauguración compartí con una chica delegada de Angulema, con la joven directora actual de la Alianza Francesa de Guadalajara, encontré muchos ecos de Francia esa noche, recordé lo bonito que es que todo mundo entienda qué cosa es un dibujante, eso fue muy hermoso y me detonó recuerdos.

El laboratorio de las rayas

Charlé tanto que la michelada helada que traía en la mano se calentó irremediablemente mientras caminaba explicándole mi trabajo a varias personas. Hubo varios discursos largos, uno, el de Trino, quien estaba ahí para apadrinar el lugar junto con sus secuaces de toda la vida: Falcón y Jis. También el alcalde se aventó otro en el que a ratos dialogaba con los moneros. Cuando se empezó a vaciar el lugar, entré a La Casa del Autor, toda pulida, toda hermosa, toda nueva. En un pilar de la recepción me animaron a dibujar algo. La joven directora de la casa, una mujer de personalidad ígnea y ojos chisporroteantes me convidó de la pizza que tenían escondida para los organizadores. Me sentí como perteneciente a un club secreto: el club de la línea, el laboratorio de las rayas.

Hace muchísimos años fui mesera en un restaurante a pocas cuadras de ahí, mis entonces patrones me animaron a dejar un dibujo en la pared, yo aún no empezaba a exponer y en otras partes del muro podías apreciar los rayones de Waldo Saavedra. Con el tiempo pintaron encima de aquel dibujo. Me pregunto cuánto durará mi picozapato dibujante en La Casa del Autor. Lo acompañé con la leyenda “Nunca dejen de dibujar”. A la gente como yo, dibujar siempre nos salva. Se siente bien estar de regreso.

Diana Martín.

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Jos y yo decidimos casarnos

En abril Jos y yo decidimos casarnos. Creo que corría el sábado de semana santa cuando, mientras comíamos pizza casera horneada al carbón y cada quién miraba las redes sociales en su celular, nos enteramos al mismo tiempo de la boda de una conocida nuestra en Ciudad de México. -No mameees, Mariana también se casó.- Qué feliz se ve. Tsss es que tanta pinche muerte, hace que te animes a hacer cosas ¿no?

Nuestra decepción ante las pizzas comerciales no había dejado de crecer. Por nuestra ubicación en la ciudad las únicas que llegan a casa son las Dominos, siempre ya frillonas y aguadas. Ante el tremendo antojo, Jos decidió que nos hiciéramos de un disco de cerámica para hacerlas nosotros, se convirtió en una de las grandes compras de la pandemia.

Nos miramos a los ojos, luego hicimos cuentas, este año cumplíamos diez años juntos, y el aniversario justo caía en sábado, el siete de Agosto. Faltaban poco más de cuatro meses. -¿Qué pedo? ¿Lo hacemos? -preguntó uno de nosotros mientras el otro indagaba también con la mirada al tiempo que asentía. Así fue que nos propusimos matrimonio.

Empezó la cuenta regresiva. Ese mismo día hicimos el evento de facebook. Nos llovieron las felicitaciones, a mí me daba todo mucha risa, pero de la nerviosa, ni yo me creía que de verdad fuéramos a hacerlo, que fuera a suceder.

De repente, Agosto asomaba en el horizonte como una promesa movediza y nebulosa. Como línea de meta. Había que llegar al siete de Agosto, había que llegar bien. Tantos detalles de qué ocuparse. Tantas cosas que no sabíamos de las que había que ocuparse.

De verdad empecé a emocionarme mucho, a sonreír como idiota cuando en medio del trabajo, recordaba que sí, que nos íbamos a casar. Pensaba que el chiste mamón que hacía de repente, ese de que «ah, ya voy a poder coger cuando me case» o «no puedo opinar de eso porque no me he casado» ya tenía fecha de caducidad.

Me las arreglé casi siempre para soltar este chascarrillo con mucha seriedad, no faltaba quién me mirara con cara de WTF, incapaz de creérselo, con una sonrisilla de nopinchesmames en  los labios para luego cagarse de risa.

Mi amiga Rebeca, sorprendida ante la noticia (y cuya boda espero con hartas ansias) me escribió por el guats: «¿No que eso siempre te había valido madres?» Parecía que no tanto. Hace más de diez años, mi amiga Lucy, durante los frenéticos preparativos para su enlace, me había dicho que una boda movía muchos sentimientos. Ella se refería, por supuesto, a los demás, a la familia, los amigos, los enemigos -lo cual es ciertísimo-. Pero nada me preparó para el terremoto emocional que fue para mí ese día.

En Marzo nuestras amigas Ada y Gaby se casaron en una pequeñísima y deliciosa ceremonia en su casa. Fuimos solamente ocho personas más los animalitos. Ahí conocimos a la que es conocida en el medio como «la jueza del amor» una mujer de presencia innegable, con un glamoroso pelazo rizado que además hablaba como María Félix, con los huevos y  el desparpajo que da la experiencia de haber atado y desatado a cientos de parejas, o por lo menos, eso fue lo que me imaginé.

En mi mente la señora agarró un aire de personaje mítico, sacerdotal, brujil, cuando declaró que por sus facultades convertía cualquier lugar en un registro civil ante cualquier pareja que reuniera los requisitos que marca la ley. Quisimos que ella nos casara. Con ella nunca funcionó la mensajería instantánea. Como una diva de décadas pasadas, ella sólo respondía a las llamadas.

Cuando me marcó para pedirme indicaciones para encontrar mi casa, se las pasé a la antigua, recurriendo a la cuenta de semáforos y oxxos como puntos de referencia. El día de la boda llegó y lo primero que hizo al llegar a nuestra casa fue congratularme por mi habilidad para dar señas.

«Mira mija agarra papel y lápiz que te voy a pasar todos los requisitos» -me dijo el día que le llamé. Pendejamente asumí que me pasaría por correo electrónico la lista con todo, así que cuando empezó a recitar, efectivamente tuve que correr por algo donde anotar y para escribir agarré uno de mis lápices de dibujo.

Para quienes no se han casado: la verdad es que no se necesitan muchos papeles,  muchas cosas son de sentido común como la ife, las actas de nacimiento, las ifes de los testigos, los exámenes médicos prematrimoniales, etc. La verdad juntas las cosas bastante rápido, sólo quiero pasarles algunas precisiones -nadie me preguntó pero me vale- para que no den vueltas de más: las actas de nacimiento deben ser recientes e impresas a color (se consiguen en línea, se pagan en línea, te las mandan en pdf),  los exámenes de sangre deben ir acompañados de un certificado de buena salud, un papel donde alguna médica o médico haga constar que estás al putazo física y mentalmente (esto último, ¿quién lo está?) para contraer matrimonio. Este documento, -volví a asumir,  no asuman nada, asumir es la madre de las cagadas, decía mi Madre- creí que de alguna manera estaba sobreentendido o incluido con los exámenes médicos. Pues no. Ada y Gaby precisamente nos recomendaron  un laboratorio donde te extienden ambos requisitos, pero no fuimos ahí porque quise probar un lugarcito de desayunos cerca de Centro Magno y pues la tripa mandó.

Lo que pasó fue que la jueza del amor me llamó para decirme que no estaba el certificado médico, esto sólo a tres días de la boda. Aquí es cuando tener amigos doctores que te aprecien prueba ser invaluable. Muchísimas gracias a Juan Pablo por ser nuestro padrino de emergencias.

El curso prematrimonial del DIF es otra de las tareas a tachar, la ventaja es que se paga en línea y por la pandemia no es necesario hacerlo presencial, consiste en mirar un video de Youtube donde un cuatito con cara de pasmo te explica qué onda con los regímenes bajo los cuales puedes casarte y en qué consisten.
Hasta aquí lo útil del video, que dura como cinco minutos, la otra media hora son consejos como sacados de una telenovela, puras ideas clichés de manual de catecismo sobre la confianza, la fidelidad, la comunicación, la crisis de valores y así. Pueden tomárselo con humor como hicimos nosotros y se pasa rápido. Luego avisas por correo que ya lo viste y te mandan  unas preguntas a modo de examen, las respondes y listo, tienes tu certificado. Recuerdo que vimos el video en la noche, echados en la cama, enpijamados y cagándonos de risa de las ocurrencias del don. Y es que está claramente, -según nuestra apreciación- hecho para parejas súper jóvenes que seguramente nunca han cohabitado. No para una incipiente cuarentona (COF COF treintaynueve) y un treintayseisañero que llevan diez años de camino en común y que ya han vivido algunas cosas juntos.

Ahora, los anillos. Te-ma-zo. Lo que los dos queríamos era algo que al verlo nos recordara nuestro amor, nuestro compromiso, todo aquello que hemos pasado y construido, algo que al tocarlo en medio de momentos complicados nos diera fuerza, que al mirar en momentos de pérdida y ausencia nos reconfortara. El memento definitivo.

En cuanto decidimos casarnos, empecé a investigar joyerías en instagram. Mi primer y segundo mecenas son ambos joyeros, así que por años vi desfilar frente a mí toda suerte de piezas nupciales de metales y piedras preciosas. Incluso tengo conocimientos, -con todo y diploma de la GIA- acerca de los diamantes y hasta una lupa de joyero (maravilla de artefacto que sobretodo empleo para espiar la intimidad de la anatomía de los insectos, las nervaduras de las hojas de las plantas y toda clase de objetos que atrapan mi curiosidad) así que sabía exactamente qué clase de anillos no quería.

El tradicional, ritual culmen del amor romántico: la entrega del anillo de compromiso por parte del hombre a la mujer no era algo que resonara con la clase de relación que llevamos, donde nos hemos apoyado al otro a lo largo de los años, parejo, hombro con hombro, como un subibaja, -y no me lo tomen a mal, me he conmovido hasta chillar en las entregas de anillos a mis amigas, encuentro muy hermoso el gesto, solamente que ese gesto no somos nosotros- no era algo que fuera a suceder.

Confieso que sí me enamoré brevemente de un anillo de compromiso de turbulenta belleza hecho con un diamante sal y pimienta (las inclusiones de carbón son muy visibles como manchitas negras) de una joyería del norte del país, pero no me prendé de su significado sino de su forma fascinante y me sorprendió gratísimamente que la industria ya esté usando los diamantes mal llamados «defectuosos» para precisamente explotar el símbolo de la permanente imperfección humana.

Finalmente elegimos a una chica cuyo taller nos quedaba muy cerca, su trabajo contaba con una impresionante lista de piezas hechas por encargo, no en serie. Nos decantamos por unas argollas sencillas en plata, lisa para Jos y con pequeñísimos diamantes para mí. No olvidaré el día que nos las entregaron en la glorieta de Las Fuentes, los diminutos diamantes refulgiendo con su serena belleza bajo esa soleada mañana de Mayo, recuerdo que desayuné unos hot cakes con tocino que me supieron a gloria. Tampoco se me escapará el mediodía en el que pasé a recoger el body titilante en el que me casé, el día en el que me di cuenta de que necesitaría una buena fashion tape para evitar que se me saliera una chichi enfrente de nuestros padres en medio del streaming. Tampoco olvidaré cuando Jos eligió su traje, se subió a la alta plataforma redonda desde donde se miró en los espejos de 180 grados y le midieron el largo de las mangas, de los pantalones, mientras yo no podía parar de sonreír como idiota por debajo de mi tapabocas. Ni siquiera se me ocurrió sacar el celular para tomar fotos. Todas esas imágenes vivirán solamente en mi cabeza.

Hubo un miércoles en el que temprano pasaron por las perritas para cortarles el pelo, nos las regresaron hasta las siete de la noche. Recuerdo que las extrañamos un chingo. Cuando Tota llegó con su copete mal cortado, con un mechón parado como antena en medio de su cabecita, nos pareció encantadora, como todo lo que tiene que ver con ellas. Hubo un sábado nublado en el que mis amigas y yo, cagadas de risa, peinamos todo Fantasías Miguel buscando las letrotas y 
demás decoraciones para el jardín, pasamos por tortas ahogadas al final y desayunamos delicioso en casa. Fuimos a comprar pasto para nuestro jardín, -por años fue tremendo terregal- también encargamos unas huellas de piedra con las que hicimos un caminito. Coincidió con la llegada de las lluvias así que el césped no sólo agarró sino que prendió 
precioso.

Una semana y media antes de la boda, el jardinero lo podó. Le dimos forma al Túnel del Amor, un mame que se me ocurrió al principio hacer con cartón, pero luego caí en cuenta de que el olivo negro y el algarrobo, abrazados ya desde hace un par de años, lo formaban de manera natural. Así que solo hubo que podar algunas ramas con cuidado y quedó listo el breve pasadizo verde.

También recordaré ese domingo por la tarde noche cuando encendimos los foquitos redondos que pedimos para el jardín (la primera serie nos la mandó una amiga) Jos la fue colgando de las ramas de nuestros árboles. El resultado fue una atmósfera de ensueño, privada, centelleante de calidez. Como la intimidad entre cuatro paredes que Jos y yo hemos afianzado, como nuestro día a día, como nuestra dulce rutina, refugio del mundo.

Ada y Gaby vinieron un sábado a ayudarme a pintar las letrotas y a comer pizza al carbón. Siendo totalmente sincera, podía pintarlas perfectamente yo sola, pero esa D y esa J y esa 
cosa llamada Ampersand («¿Se le dice esfínter a esa madre?» le pregunto a Jos mientras escribo esto) me dieron el pretexto perfecto para atraer a mis amigas a casa y pasar una tarde de chisma y comida deliciosa dos semanas antes de la boda. 

Atesoro las notitas que venían con cada regalo, no esperábamos que la gente nos enviara tantas cosas, a final de cuentas, pensé, vivimos juntos desde hace mucho y ya tenemos todo lo necesario. Pero los amigos y familia nos inundaron de presentes. Todo comenzó con una sandwichera que recibimos llenos de emoción, a esta le siguieron muchos más, agasajándonos todas las semanas. Cada vez que recibíamos algo, agradecíamos en el evento de facebook con alguna foto o video.

Mi amiga Michelle Freyria, extraordinaria fotógrafa, nos hizo nuestra sesión de novios un día antes de la boda.

Sin dudarlo te volvería a elegir una y otra vez, gracias por elegirme a mí. Hoy nos casamos. Feliz décimo aniversario mi amor.

Tengo que apuntar que tuvimos el privilegio de ser retratados por su gigante talento porque ella nos lo obsequió cuando anunciamos que nos casaríamos. En el patiecito alargado del Momotabi Mochi Market no sólo logró capturar nuestra delirante espectativa, lo radiantes que estábamos, (una visita de cuatro horas a la estética el día anterior nos dejó bien chaineados) sino que nos animó a mirarnos fijamente a los ojos, y creo que Jos y yo pudimos sentir, ver en los ojos del otro esa energía chisporroteante de felicidad. Esa incandescencia fluyendo de uno al otro. También bebimos tés, Jos uno negro frutal y yo uno tailandés, comimos mochis rellenos de nieve, platicamos delicioso, sin corrección, como en los viejos tiempos en que Mich y yo fuimos roomies.

Esa misma tarde preparé el pozole rojo que serviríamos al día siguiente, pasaron muchas cosas: ayudamos a un colibrí exhausto que se metió a la casa, no encontró cómo salir y yacía inmóvil en el suelo. Le estuve dando agüita y jarabe mientras hervía el maíz, mientras hidrataba los chiles para la salsa, no supe en qué momento voló.

Cuando hervía fuerte el caldo ya rojo, llegaron una docena de rosas encarnadas de parte de Hiroyuki y Yukari, la encantadora pareja dueña del Airbnb en el que nos hospedamos en Sapporo, fue muy conmovedor e inesperado.

Queremos volver a Japón, chingados. Nuestra Luna de Miel no puede ser en otro lugar. Jos se puso a limpiar la casa. Se nos hizo tarde. 

Al día siguiente, a unas horas de la firma, nos levantamos temprano para terminar el quehacer. Barrí descalza toda la casa. Nadie sabe pero bajo mis medias y calcetas, me casé con las plantas de los pies todas puercas. Ya no me dio tiempo de lavarme las patas.

Ada y Gaby llegaron y terminaron de decorar el túnel del amor, fui por los arreglos florales con mi vecina, vestimos de gala a las perritas con el smoking y el vestidito que les regalaron.

«El perro» como le decimos a las chiquitas de cariño sin importar su género, estaba listo para su misión. «El perro»: gran concepto.

Los acontecimientos se precipitaban. Abrimos la primer botella de vino. Hicimos un breve streaming, ahí estaba nuestra amiga Kumi, mirándonos desde Kyoto, donde eran las 4:30 am.

Llegó mi suegra, llegó mi Papá. Llegó la jueza media hora antes. Nuestra intención era casarnos en la mesa del jardín pero teníamos plan B en el comedor en caso de que no se nublara, este fue el caso.

El sol estaba muy fuerte así que todo tuvo lugar en la cocina, nuestra cocina que es un lugar tan importante, nos casamos en una mesa donde últimamente dibujo, donde he dado clases, donde hemos comido infinidad de veces, donde he chillado, discutido, planeado expos, viajes. Donde me he echado getitas inclinando mi cabeza sobre ella, una mesa que me ha acompañado a todos los lugares donde he vivido desde que me independicé de la casa materna.

Nótese que tengo pedos con el apego, pero en esto estoy de acuerdo con la jueza en lo que nos dijo cuando nos casó: yo no quiero soltar, quiero sostener, quiero cuidar, hacer crecer. Cuando supe de la frase esa de Marie Kondo, que si algo no te inspira gozo pues te deshagas de ello, no pude sino suspirar porque la mayor parte de las cosas que poseo sí, sí me inspiran gozo. O nostalgia. Ya valió.

Durante todo el día de la boda tuve muy presente a los que ya no están, sobre todo a mi Mamá, quien siempre quiso mucho a Jos.

Andaba yo por ahí, paseando bajo el túnel del amor con mis pies negros embutidos dentro de unos zapatos que eran de ella, con una copa en la mano, posando para las fotos, untándome en la pared para un mejor encuadre con las letrotas, luego comimos pozole, no supe cómo pasó pero el aguacate voló, también las tostadas. Pusimos nuestra playlist, y cuando empezaron los acordes de «Dance me until the end of love» de Leonard Cohen, Jos y yo bailamos un vals improvisado -nunca pensamos en el vals, solamente se dio- en la cocina. Este momento también sólo seguiría vivo en nuestra memoria si no es porque Gaby nos vio y nos grabó.

Luego partimos el pastel, una preciosa delicia de naked cake de chocolate y crema de café.

Mi suegra se fue, mi papá también, después Ada y Gaby. Nos quedamos Jos y yo. Y todo debía ser felicidad, pero no lo era. En este punto ya estaba bastante borracha, según yo había contrarrestado el alcohol bebiéndome un electrolit pero no funcionó.

No podía dejar de pensar en todos los que ya no están, los que no nos pudieron acompañar, las pérdidas de los amigos y amigas durante los últimos dieciocho meses, mis abuelas, mi Mamá.

Qué hubiera pensado mi Mamá, qué hubiera sentido, qué me hubiera dicho. Recordé a mi abuela paterna, su advertencia hacia mí cuando era niña: «mija nunca te cases», «Ah, pues ya lo hice abuelita, pero me va bien, nos va bien». Los extrañaba a todos y todas, hasta a aquellos que nunca conocí.

Me eché a llorar en la mesa del jardín, bajo las luces cálidas que habíamos ensayado la semana pasada.

Después de un rato y conforme bajó la luz, Jos me convenció de subir. Como pude aparté los cojines para meterme a la cama.

-«Amor, mira cómo dejaste al perro»- me dijo Jos.Volteé a ver a Tota, sus patitas apenas se asomaban bajo el alud de almohadas, en mi vergonzoso estado la había enterrado sin piedad. Me dio muchísima risa, hecha un lío de lágrimas y mocos me caí de la cama, dí el costalazo en la alfombra. Afortunadamente, mi estado etílico me tenía muy flojita así que ni sentí el madrazo. El golpe sólo logró que me carcajeara más. Como en otras ocasiones, mi esposo me ayudó a levantarme… Mi ahora esposo.

Escribo esto para no olvidar nunca.

Diana.

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Llegué al final del Infierno

Diana Martín
Newsletter Junio 2021

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Llegué al final del Infierno a finales de Enero. Me refiero al tercer panel de lo que debe ser la comisión más importante de mi carrera: una paráfrasis de El Jardín de las Delicias, la obra más conocida de El Bosco. Estos dibujos representaron un gran reto técnico, nueve meses de trabajo que me acogieron en el primer año de la pandemia demandando toda mi atención.

Escribir aquí que fueron un reto se queda corto pues, aunque cuando ya estaba encarrerada hubo también bastante gozo, maravilla y euforia, también se dieron momentos en los que sí me pregunté, llena de desesperación, en qué me había metido, abismada ante la miríada de detalles de los que tenía que ocuparme, examinando centímetro a centímetro la composición a reinterpretar.

Hace un año exactamente, cuando en medio del calorón de junio somatizaba mi terror ante un contagio con pertinaces dolores de cabeza, recuerdo haber tenido pesadillas en las que pescaba el virus, se me complicaba, moría y dejaba inconcluso el trabajo. La vergüenza era infinita. 

Pero terminé. Lo entregué. Para cuando llegué al Infierno ya sentía que iba cuesta abajo, el paisaje del averno es mi panel favorito de la obra con sus negros profundísísimos, sus duros contrastes. Los personajes que lo pueblan, sufrientes y torturados, de rostros crispados o sádicos y deformes, demonios, monstruos, quimeras. Incendios, haces de luz en medio de la oscuridad.Todo una delicia para plasmar con mi lápiz. 

Luego vino el silencio.

Había anticipado tanto el final de esta comisión para volver a lo mío y ahora no encontraba el camino de regreso.

Aunque siempre hay cabos sueltos que una puede jalar, pistas para volver: uno era la serie de Lord Diadema, mi entrañable niño amblipigio. Su historia, sin embargo, no era hacia donde quería apuntar en ese momento. No me sentía en el lugar necesario para terminar de contar donde terminaba y continuaba aquel hondo amor por su dodo.

Me sentí culpable por ello, no suelo dejar cosas sin terminar. Soy una persona ansiosa, los proyectos inconclusos son una fuente de gran desasosiego para mí. Pero tenía que avanzar y algo que tenía claro en aquel vacío era que la llave era la tinta.

Por meses, mientras trabajaba el Jardín, me enamoré de la obra de la ilustradora Yuko Shimizu, de su uso vertiginoso, primoroso, valiente y cuidadísimo del pincel. Lord Diadema es una serie hecha con la misma técnica, pero aplicada con canutero, línea a línea, entrecruzándolas para lograr los negros más profundos y antes que eso pasar por todas las gamas de grises. Todo con un escrupuloso control de la mano. 

Creo que añoraba entonces la catarsis de dejarla correr desde las cerdas del pincel, ver hasta dónde podría controlarla y luego no. Esos bordes irregulares como leves mordidas que deja el paso del pincel sobre el papel cuando está descargando la tinta capturaban mi atención, las líneas imperfectas, el arrastre grisáseo de las hebras en las que ya a duras penas hay pigmento.

Otra pista fue un bloc de papel arches que compré en Japón. Recuerdo que lo adquirí enamorada del formato: un largo rectángulo angosto de formato pequeño, íntimo. Un tamaño con el que fácilmente podía ir a trabajar en donde fuera, que cupiera en mi bolsa, en mi mochila. Un cuadernillo que podía rodear con mis dedos, unas dimensiones que me obligarían a componer distinto las escenas que eligiera dibujar o pintar, en un plano alargado como de lente gran angular.

Arranqué intentando imitar el estilo de Yuko. Siempre he dicho que maestras y maestros he tenido a puños, desde que en mi adolescencia me esforzaba hasta casi llorar de frustración por intentar imitar el fantástico estilo escurridizo, acuoso onírico de Yoshitaka Amano, estudiando a conciencia (según yo) su uso de las técnicas: sus trazos de lo que yo en ese lejano entonces tomaba por lápiz graso y luego resultó ser litografía, la forma sucia, nada conservadora con la que chapoteaba en el papel con el blanco del acrílico, las manchas que causan las gotas de agua al abrirse paso en la acuarela parcialmente seca (lo que se conoce como “miadas” en las lecciones de pintura). Todo esto chocando igual que enriqueciendo lo que me enseñaba mi académico profesor de acuarela en las clases a las que acudía cada martes.

Intentar el estilo de Yuko para familiarizarme con la tinta aplicada con pincel me duró muy poco, una forma propia de usar la técnica emergió, estoy bien segura que en mi mano dormía la memoria muscular de cuando usé mucho pincel en los años de mi adolescencia y al principio de mi carrera.

En ese tiempo empleaba muchas aguadas en combinación con acuarelas y tintas de color. En cuestión de días comprobé que en efecto, la pista era la correcta, había dado con una veta que encendió mi creatividad, un nuevo ímpetu me refrescó, empezaron a llegar las ideas, detonadas por las posibilidades de las líneas y manchas negrísimas, finas y gruesas, de grises emborronados, de efectos a veces plumíferos, a veces abruptos. Las he dejado fluir sin cuestionarlas, sabiendo que solas irán constituyendo un todo. Me gusta mucho este estilo que he encontrado con pincel, la contundencia a la que me orilla, a hacerlo bien en la primera intención, me ha llevado a dibujar bocetos antes, a ensayar. Algo rarísimo para mí.  

Llevo veinte obras pequeñas, todas explorando la compleja, amorosa, a veces tormentosa relación de Serafina con sus dos picozapatos. He descubierto que la serie se trata también de el vínculo que Fina sostiene con sus dos mamás adoptivas: Luciana y Vita, y con su madre muerta, Gilda, a quien nunca llegó a conocer. Todo esto está describiendo un círculo que invariablemente me va a llevar a mirar con detenimiento su amistad con Lord Diadema, hombre consagrado a conservar aquello que considera irrepetible, y el origen de esa obsesión enraizada en un duelo profundo, en una fractura de su infancia que se cuenta en el libro que no pude retomar enseguida. 

Así es como creo que van las cosas, quiero agotar esta serie hasta el final. Pintar y dibujar a mi Serafina y a sus seres amados, su relación con el mundo. Quiero ver hasta dónde llega. Por primera vez en mi carrera. Sin cortar el proceso. Ya lo verán.

Los quiero, gracias por leerme.
Diana Martín

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Lo que debió ser, lo que es, y lo que será

Diana Martín
Newsletter Octubre 2020

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Queridísimos y queridísimas todas;
En un año normal, un año usual de esos en los que una más o menos puede avisorar el futuro, hacer proyecciones de lo que viene y bajar a la realidad aquello que nos habita la cabeza, este correo llevaría a todos ustedes la gozosa noticia de mi siguiente exposición/cata de obra, estarían enterándose de en qué sede tendría lugar, a qué hora, y entonces empezaría a cocinarse esa deliciosa anticipación que siempre, a pesar de los años, ha tenido la facultad de ponerme tan emocionada como nerviosa. 
Empezaría también mi visita en persona a muchos y muchas de ustedes para entregarles en mano su invitación impresa, para saludarles y darles un abrazo. 

Pero es 2020, nada de este año ha sido típico o predecible y debido a la situación que tiene al mundo conteniendo la respiración, este año no podré celebrar esa fiesta que son mis eventos anuales como en casi todos los años de mi carrera.

Estos meses me han encontrado concentrada. La naturaleza de mi trabajo exige una soledad y confinamiento naturales que sólo se han exacerbado por los actuales eventos. Estoy enfocada en aquello que debió ver la luz este año, he estado maquinando, a veces en esperanza y otras en ansiedad, a que el panorama se aclare y podamos vernos como antes. 

Con todo, este año sí pude exponer. En Enero y Febrero viajé a Japón, monté una muestra pop-up en Tokyo teniendo una cálida y generosa respuesta por parte del público nipón. Me encerré todo un día en mi hotel en Hakodate -afuera rugía una ventisca, la primera que he visto en mi vida- a dibujar piezas de formato pequeño que expuse junto con otros dibujos que llevé para tal propósito.

En Design Festa Gallery, Harajuku, Tokyo, 2020

Durante este viaje descubrí la belleza sobrecogedora del invierno, con su mundo desprovisto de colores, sus cielos como gigantescos espejos metálicos, la nieve recién caída, deslumbrante crujiendo bajo mis pies, el silencio absoluto donde puedes escuchar con total claridad los cautos gorjeos de las aves cuando se posan en las ramas más delicadas de un árbol, y además alcanzar a percibir cuando la nieve cae al suelo en un suspiro sutilísimo en medio de la luz prodigiosa de sus tempranos crepúsculos.

Nuestro barrio en Sapporo, Hokkaido

Fui testigo de un mundo que hizo eco con el que he venido dibujando desde hace años. Descubrí que sí existe, que puedo caminar por él.

Templo Risshaku, Yamadera

En 2021 planeo regresar con una exposición mayor, mejor planeada, ya con las lecciones que aprendí de esta.  Mis siguientes dos libros: el de Lord Diadema y su Dodó, y el nuevo de Serafina siguen en el horno. El primero verá la luz en 2021, del segundo, los dibujos de gran tamaño que lo formarán constituirán el cuerpo de mi siguiente exposición. Será una serie de obras de atmósferas muy trabajadas en las que busco reflejar el paisaje emocional, el mundo interior de Serafina, a veces tan repleto de silencio, el silencio de quien está conteniendo la respiración, un silencio vivo y espectante. En otros dibujos, su mutismo es como un vacío a la espera de ser llenado. A partir de Enero comenzaré de lleno a cerrar la serie de Lord Diadema y a continuar con este hilo de Serafina.

Serafina y sus picozapatos bebés

Quiero compartirles también que estos meses me han encontrado dibujando la comisión más importante de mi carrera: se trata de una paráfrasis de El Jardín de las Delicias de El Bosco en grafito y oro. Nunca estuve totalmente preparada para la magnitud de este proyecto que me ha llevado a romper mis límites, a tomar más confianza, a resolver compositiva y técnicamente como nunca en una técnica que según yo ya conocía a profundidad.

Fragmento de la paráfrasis del primer panel (Paraíso) de El jardín de las Delicias

He estudiado la obra original palmo a palmo para adaptarla, para comprender su orden oculto y poder introducir nuevos elementos, símbolos y retratos acorde a los deseos de mis queridas coleccionistas. Me hace muy feliz que este tríptico cada vez está más cerca de engalanar su sala, espero que lo vean todos los días y le descubran más y más detalles. Ha sido una labor de gran concentración y amor. 

Karaoke, fragmento del segundo panel (Purgatorio) de mi paráfrasis de El jardín de las Delicias

Y, por último, es también en este momento del año cuando lanzo el Programa de Coleccionistas, esta modalidad tan noble y flexible que ha operado desde hace años bajo la premisa de la confianza es la que me ha permitido seguir avanzando en mi carrera, lo que me habilita y cobija. Pueden adquirir obra original abonando desde mil quinientos pesos al mes, ya sea para una pieza que ya existe o ir acumulando saldo y tener prioridad de ver los dibujos terminados antes del siguiente evento y elegir el que más les agrade. Pueden unirse al Programa en el momento que ustedes decidan y apoyar el vuelo de las cosas que ya no existen.

Estoy en total disposición para responder cualquier duda o pregunta que tengan con respecto al Programa. Pueden mandarme un correo o contactarme a través de mis redes sociales. Constantemente ando por ahí, y por acá, y casi siempre en mi mesa de trabajo. 

Les abrazo fuerte teniéndoles presentes más que nunca, esperando que estén bien guarecidos y guarecidas en estos tiempos raros e inciertos y que sus días sean largos y venturosos. 

Gracias por todos estos años.

Besos,
Diana Martín

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2014

 

diana_martin

Se acaba el 2014. Quería escribir un post laaaaargo, lleno de metáforas, salpicado de cursilería varia-pero-honesta. Pero no, seré concreta pero errática, no gimotearé por las incertidumbres e inseguridades, complejos, tristezas y así, tampoco les hablaré de mi programa para coleccionistas, eso ya está explicado en su sección correspondiente de esta página, tampoco presumiré lo mucho que me aman, esa parte la mantengo en el centro, apuntalando lo demás.

En estos doce meses aprendí más lecciones sobre vivir del arte, además, pude compartirlas con artistas más jóvenes en la Feria de Ilustración Arteria. Adoptamos otra perrita, llegó Totasa a nuestras vidas a completar la familia, mejoramos nuestra receta de ramen tonkotsu, reavivamos nuestro adormecido gusto por los videojuegos, nos hemos indignado hasta las lágrimas al contar hasta 43, he dibujado muchísimo, canté mucho de manera desvergonzada, he empezado a gestar mi próximo libro, dejé atrás el pasado, he aprendido a cocinar, a ser mejor administradora, he vendido y también regalado mi trabajo, he exigido saber, he rechazado propuestas, he dormido más, visto mucho cine, conocido más a mi gente, reencontrado otras, y por sobre todo, me he dado cuenta de que el lugar donde más feliz soy es en mi hogar, entiéndase donde estén mi amor, mis perritas, mis tintas y papeles.

¡Ah! Y que de la fértil duermevela me traeré las imágenes bellas y perturbadoras para mi libro. Por cierto ya tengo el título, pero no lo voy a revelar aún.

También hay gente a la que quiero ver más, que no se me desvalaguen. Mi círculo es pequeñito pero sustancioso.

En fin, gracias 2014, por cerrarme el hocico y sorprenderme.

Vente 2015, sé luciferino y delicioso. Aquí hay tinta y ramen para ti.

 

 

 

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En la Feria de Ilustración Arteria

conferencia_arteria

Tuve el honor de ser invitada a dar una conferencia dentro del marco de la tercera edición del Festival Arteria de Ilustración. La conferencia más bien se convirtió en una rica charla en la que compartí recomendaciones para avanzar en una carrera en las artes visuales, para poder comercializar la obra y a final de cuentas, poder vivir dignamente de esto. Todos los tips que compartí los he ido aprendiendo a lo largo de catorce años en este camino, y como le comentaba a la audiencia: si al aplicar algo de lo que di a conocer se ahorran unos años y progresan a mayor ritmo de lo que yo lo he hecho, pues qué maravilla, ése era mi objetivo. Uno empieza una carrera en las artes sin tener idea de para donde jalar o qué hacer, lo único que deseas es dibujar. Pero si defines los objetivos a largo plazo creo que los alcanzarás más rápido. Yo, como les comentaba a los artistas más jóvenes que me escuchaban, también he sido receptora de sucesos afortunados, pero si ello me ha pasado, es porque he procurado estar en constante exposición, ninguna de las personas que se han vuelto importantes en mi carrera ha ido a tocar la puerta de mi casa. Más bien ha sido al revés y he sido yo quien ha estado tocando puertas, consciente de que algunas nunca se abrirán.

Pero otras tantas sí.

Me hubiera encantado poder haber escuchado mi propia charla en su momento, me figuraba que ahí estaba mi yo más joven, poniendo atención, ñoñamente tomando notas, dispuesta a poner en práctica los consejos escuchados. Al final hubo una ronda de preguntas y respuestas, intenté contestarlas lo mejor posible, creo que lo hice bien. Fue la primera charla de este tipo que brindé y me gustó. Me gustó ver tanto joven súper talentoso. Me gustó devolverle al arte un poco de todo lo que me ha dado.

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Ramen Tonkotsu love

Nuestro amor por el ramen tonkotsu comenzó en Los Ángeles. En octubre de 2012 para ser más exactos. Estaba en California para la apertura de una exposición en el Consulado de México y planeando todo para quedarnos a vivir. Una noche, la asistente del agregado cultural del Consulado, Mariana Bermúdez, nos tendió un inocente volante de un restaurante de ramen donde, celebrando su aniversario, el lugar ofrecía los bowls de ramen a sólo tres dólares. El lugar, llamado Shin-Sen-Gumi, estaba en Little Tokyo. Quedamos de vernos en el lugar más tarde.

Nunca habíamos estado en Little Tokyo, terminamos llegando en el auto de mi coleccionista, quien resultó ser también un entusiasta del ramen y se nos unió tras conocer nuestros planes luego de una junta.

El lugar era pequeñito, nos tocó una mesa en la terraza, con vista a la calle y a la multitud que esperaba su turno. La mesera, con eficiencia nipona, nos pasó unas hojitas donde debías especificar cómo querías el ramen: caldo espeso, mediano o ligero, poco o mucho aceite, tallarines medianamente suaves o súper blanditos, si deseabas que le pusieran chashu o gengibre. Abajo venía una larga lista de toppings, la idea era que tacharas cuáles te apetecían, algunos de los que recuerdo son: germinado de soya, tocino, costillita de puerco, puerco empanizado, huevo duro, cebolla crujiente, ajo fresco, bambú, granos de maíz, miso picante, oreja de cerdo, etc. Taché varios, pero conforme pasamos meses allá, fuimos refinando el gusto hasta casi no necesitar topping alguno.

Trajeron la sopa, el caldo era blanco, caliente, untuoso, exquisito, diminutas partículas de grasa flotaban por toda su superficie, pero eran tan suaves que se te desbarataban en la boca. Fue una especie de epifanía. Nunca había comido algo así. Se convirtió, junto con la comida iraní, -luego hablo de esa- en el platillo que nos reconfortaba en la adaptación a vivir en EU. Luego volvimos a México y nos dio por querer prepararlo, ya que ninguno de los restaurantes que sirven ramen en esta ciudad, ninguno, ofrece ramen tonkotsu.

Bueno, pues ahora a lo que nos truje, les voy a explicar cómo preparar un caldo tonkotsu. Primero, necesitan manitas de puerco cortadas a lo largo, el corte ayuda a que la extracción de colágeno sea más eficiente, también huesos de pata de puerco. Los huesos de pollo aportan sabor, pueden usar cualquier hueso de esta ave, nomás cuiden de que vengan casi sin piel ni carne. Un ramen para 30 personas necesita más o menos un kilo y medio de cada tipo de huesos y unas cinco manitas de cerdo.

Ahora les revelo un secreto para que su caldo salga blanco, no café. Primero laven bien los huesos bajo el chorro del agua del fregador, luego pónganlos a hervir en una olla con suficiente agua para taparlos, primero los de cerdo y, en otra tanda, los de pollo. Déjenlos hervir por unos 15 minutos, hasta que vean que ya no sale más sangre y mugrita varia de los huesos. Sáquenlos y lávenlos de nuevo. La idea de este paso es dejar los huesos lo más limpios posible. Laven la olla y ahora sí ya estamos listos para comenzar. Vuelvan a meter todos los huesos y las manitas, viertan suficiente agua hasta que el nivel esté a unos centímetros por encima de los huesos y enciendan la hornilla a fuego alto.

Mientras sus huesos están ya en proceso, tomen unas tres cebollas grandes, rebánenlas finamente y apártenlas. Hagan lo mismo con tres cabezas de gengibre, pelen los ajos de tres cabezas de ajo pero no los piquen, déjenlos enteros. Ahora pongan un chorro de aceite en una sartén, calienten y viertan en ella el gengibre y el ajo. Caramelizen hasta que luzcan cafés. Luego todo eso pónganlo aparte y caramelizen toda la cebolla en el aceite que usaron para el paso anterior.

Mientras hacen todo esto, vayan checando cómo va su caldo, retiren con un colador o una cuchara cualquier rastro de espuma o incluso de sangre que pueda salir a la superficie. Cuando su caldo ya no esté liberando nada más, incorporen la cebolla, el gengibre y el ajo junto con tres cucharadotas de pimienta blanca. Esto volverá al caldo una delicia aromática. Nosotros recomendamos que más o menos cada 15 minutos revuelvan los huesos, esto para que no se queden mucho tiempo en el fondo de la olla y se quemen. Más o menos cuando su caldo lleve unas cinco horas hirviendo, podrán regocijarse y ver cómo comienza a tornarse blanquecino, OH SÍ.

Otra cosa, más o menos cada media hora chequen el nivel del caldo, el agua se va evaporando y necesitan ir añadiendo más, agreguen un litro de agua más o menos cada hora.

En cuanto a los toppings, nosotros hasta ahora somos fans del tonkatsu, o sea finos bisteces de puerco empanizados, tocino crujiente, ajo fresco molido, cebollín, ajonjolí tostado y huevo cocido. Pronto experimentaremos para preparar el riquísimo chashu (puerco rebanado asado muy muy lentamente), ya les avisaré.

Cuando su caldo ya haya llegado a las ocho horas de ebullición, tomen un poco con una cuchara y pruébenlo, este es el momento de ajustar la sal a su gusto.

Para servirlo, recomendamos vertir un chorrito de aceite de ajonjolí en el bol antes de colocar la pasta y el caldo.

¡Disfruten!

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Exposición «Las Historias» en Diana Martin Gallery

Este sábado 22 de Noviembre, al filo de las 20:00 horas, en Diana Martín Gallery abrimos las puertas para esperar a nuestros amigos, familia, coleccionistas y demás personajes amantes del arte. La noche anterior nos habíamos afanado en la museografía y la curaduría de las obras. Los clavos ya estaban en su lugar, las paredes resanadas y pintadas. Las cédulas listas. Los focos cambiados, listas las lámparas de aceite que decoraron la mesa de hierro forjado y azulejo del jardín.

La mañana del 22 nos encontró preparando el ramen tonkotsu que ofreceríamos por la noche, -ya haré un post específico sobre el ramen, por si gustan prepararlo en sus casas- elegimos este platillo porque lo amamos, porque como todo lo que vale la pena en la vida, toma tiempo, y porque nos encanta compartir nuestros hallazgos deliciosos.

La gente comenzó a llegar muy puntual, un par de minutos antes de las ocho incluso, al principio se veían pocos pero hubo un momento en el que ya estaba la galería repleta. Nunca habíamos tenido tantos invitados. Jos se afanó en servirles el ramen, había personas haciendo fila para la cena, otras miraban la obra y leían las historias. Yo trataba de platicar con todos, una tarea complicada porque verdaderamente eran muchos. Estábamos muy contentos, medio estresados porque queríamos atenderlos a todos muy bien pero felices por la afluencia. Al filo de las nueve dí el discurso inaugural, esta vez no lo anoté, improvisé, agradecí, expliqué de que iban las historias, los y las invité a leerlas toditas, y sobre todo, que tuvieran en cuenta que estas historias, las que yo había escrito, estaban muy lejos de ser las únicas que los cuadros podían inspirar, que cada uno de ellos podía hilvanar la suya propia a partir de mi trabajo. El programa de coleccionistas lo expliqué a partir de ejemplos de mis fieles compradores.

Amé ver que las personas no se cansaban de observar. En un punto hubo una mini crisis: eran tantas personas que se nos terminó la pasta. Jos se lanzó, heroico, a comprar más. Al final todos pudimos cenar bien y rico. El caldo se terminó. Cuando me subí al banquito para poder mirar hacia adentro de la olla no lo podía creer.

Hace un año creía que no iba a poder con el peso de mi vocación, pero las cosas se han movido y fluido noblemente.

Me emociona lo que me depara el futuro.

 

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El primer año del Programa de Coleccionistas

Hace un año comenzamos el Programa de Coleccionistas en la Diana Martin Gallery. En una noche de muchos nervios e incertidumbre decidí lanzar esta nueva modalidad para adquirir obra y, ahora que cumple su primer año puedo compartirles que ha sido una experiencia llena de agradables sorpresas y gratitud. Por años no había tenido la libertad de decidir a quién venderle mi obra y aquellas personas que deseaban poder comprar de nuevo no habían podido hacerlo, en esa noche me reencontré con ellos y recibí su apoyo y admiración de nuevo.

El próximo 22 de Noviembre, un sábado al filo de las 20:00 horas, presentaré la mayor parte de la obra que he producido en este año en el que he trabajado sin un hilo conductor definido, -como en mis otras series- sino que más bien cada obra puede ser el inicio de una nueva historia, de ahí que el título de esta muestra sea, precisamente «Las Historias». Esta será la primera de mis exposiciones en la que cada cuadro estará acompañado de la historia que cuenta, en vez de conformar entre todas, una sola.

«Las Historias» es una muestra que refleja las múltiples direcciones que tomó mi creatividad después del ciclo de haber trabajado con dos mecenas diferentes, expresando, tal vez, las diversas posibilidades abiertas ante mí. Y ahora, después de haber explorado los inicios de tantos caminos, sé cuál seguir para el próximo año.

Los y las invito de todo corazón a mi casa/galería a que conozcan «Las Historias» a que platiquemos, cenemos y brindemos, a que se llenen los ojos con la obra y a que sean parte de este grupo de personas extraordinarias que apoyan mi trabajo, a celebrar que durante los últimos doce meses, soy más feliz que nunca haciendo lo que mejor sé hacer.

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Entran tres chicas a un teibol…

El último día de enero fuimos a un teibol.
íbamos a ser varias, probablemente un quinteto. Al final, paradas frente a los guardias trajeados de la alfombra roja que marca la entrada al recinto, sólo estuvimos tres. Llegamos bastante temprano, apenas eran las 10 de la noche y el tráfico de López Mateos rugía a pocos metros.
“Sólo pueden entrar hombres” nos informaron.
“Ah, pero es que usted no sabe, una de nosotras es hombre” le espeté socarronamente al vigilante. Cuando éste puso cara de incredulidad y también de curiosidad, tratando de adivinar cuál de nosotras era el hombre travestido, le dije que no se lo creyera, que era broma. Pero que nuestras intenciones de entrar y pasarla bien eran de lo más solemnes.
De las primeras cosas que advertí es que bajo el cielo oscuro puedes hacer pasar como elegante cualquier prenda medianamente bien cortada. Los refinados guardias deliberaron entre ellos unos instantes y al final nos condujeron hasta la recepción forrada de tela carmesí. Ahí, a la izquierda estaba la puerta de ingreso con su correspondiente arco detector de metales. A la derecha, impresa en una hoja de papel bond pegada con una tachuela colgaba la lista de licores que se ofertaban con sus respectivos precios, la botella de Absolut: un poco más de mil pesos. No sabíamos si íbamos a poder entrar pero ya habíamos decidido que eso beberíamos.

Los caballeros tras el escritorio-recepción de bordes curvos seguían muy serios. Yo ya consideraba llamarle al novio de alguna de nosotras para usarlo como salvoconducto, aunque un hombre entre nosotras hubiera cambiado el tenor de toda la noche. Ultimadamente debimos parecerles una especie de respetables lesbianas enclosetadas dispuestas a gastar una lana
porque nos dejaron pasar. La entrada costó 180 pesos, con un sexy de dos minutos incluido con la chica que gustaras, siempre y cuando atendiera mujeres.

Antes de que inciara la noche tenía sueño. Pero cuando atravesamos el arco y por fin nos internamos en el bule la emoción me puso alerta inmediatemente. El piso, las paredes, forradas de tela roja, pulsaban suavemente con las luces danzarinas de colores que giraban sobre la pista de baile en forma de ocho. Elegimos una mesa rodeada de sillones empotrados en la
pared. Uno de los lugares más iluminados del negocio.

Una de las chicas tomó el sinuoso escenario, su figura gordibuena se contoneó con languidez, una de sus manos aferrada a uno de los dos tubos metálicos, dominando los pasos sobre sus tacones negros, altos como el vértigo. Se nos acercó un mesero, solícito como pocos. Se identificó como: “El negrito”. Pedimos el vodka aderezado de tres chicas que atendieran chicas. Lo que solicitamos llegó enseguida.
La muchacha que se sentó a mi lado dijo llamarse Judith. A menos ese es su nombre en sus jornadas nocturnas. Es de figura menuda y delicada, con una cara en forma de corazón, como de princesa. Sus ojos eran de un azul pupilente, le daban un aspecto desconcertante a su rostro; como de algo irreal, como de un personaje de teatro, bajado de las tablas para hablar contigo. Su piel blanquísima estaba cubierta por transparencias de intrincados encajes y una delgada membrana de seda. No está permitido tocarlas. No me aguanto la curiosidad y comienzo a hacerle preguntas. Es de Monterrey, tiene 19 años, quiere ser criminóloga.

Una señora regordeta circula por el teibol, parece una de esas magníficas cocineras de fritangas callejeras. Judith dice que ella es la “Mama”, una figura cuya encomienda es hacerlas sentir bien, ver por ellas, que coman, procurarles un analgésico si tienen cólico, dolor de cabeza. Consolarlas si están borrachas, cuidarlas de los hombres que se propasan. A final de
cuentas, me queda claro que la Mama está ahí para chiquearlas. Eso me da gusto, es como una antítesis de la figura explotadora y cruel de la Madrota o del Padrote.

“De hecho se come muy rico aquí, hoy hay pescado, lasaña, pizza. El cocinero hace platillos muy ricos. También puede prepararte una ensalada si estás a dieta. Ustedes pueden ordenar de cenar si gustan” me dice Judith.

No hay un casting para trabajar aquí. Simplemente te presentas a una entrevista y comienzas al caer la noche. La jornada es de 10 pm a 6 am. Tienen sueldo base, lo que quiere decir que si quieres te la puedes pasar sentada. Pero el verdadero dinero lo haces con los bailes, con los sexies privados y claro, con el sexo.

“Una sesión de sexo cuesta alrededor de tres mil pesos. El condón es obligatorio y hay alguien afuera del cuarto cuidándonos por si el cliente se pone mal”

Judith tiene que interrumpir su charla conmigo para subir a bailar, para mi sorpresa, se contonea al ritmo de “Strawberry Fields” mientras se va despojando de sus velos y prendas encaje hasta quedar topless y con nada más que una tanguita y sus taconazos.
Para esto, no crean que Judith se quedó a compartir de manera gratuita tantos detalles de su vida, tuve que comprarle una diminuta bebida que parecía de juguete, 250 pesos de prácticamente puro jugo de naranja con un chorrito de alcohol.

“Es que tampoco nos podemos poner borrachas tan rápido”

Una de las chicas que conversaba con otra de mis amigas se hace llamar Ángel, he de serle justa, sí hace honor a su nombre. Sus tacones de aguja son de plástico transparente, dentro del tacón hueco bailan miles de partículas de brillantina.
“A mí, la verdad, me caga estudiar” declara con desparpajo.
Judith dice que son libres de elegir su vestuario, la música y sus pasos de baile. Nadie las fuerza a nada. La truculenta historia de explotación que yo esperaba encontrar no aparece. La truculencia eso sí, está en los gajes del oficio, detalles que enumera Ángel con la pierna cruzada: la chica que estaba masturbando a un cliente en público, tener que aparentar que te
gusta un cliente para que te compre más bebidas o bailes privados, los furtivos agarrones de trasero, las confesiones de los hombres acerca de vidas insatisfechas, o aquella memorable ocasión en la que ingresó un grupo de mujeres y, tras aposentarse en el rincón más oscuro, esperaron a que llegara el marido de una de ellas. “Cuando el infeliz apareció, se le fueron encima a gritos y golpes”.

El solícito mesero me insiste, por enésima vez, que si le invito otro trago a Judith. Declino y ella se despide, toda sonrisas, diciendo que me contactará para que le haga un dibujo porque las paredes del depa que comparte con sus roomies, también bailarinas, están muy pelonas.

A estas alturas de la noche he visto a tantas chicas en lencería revoloteando alrededor de los caballeros arrellanados en los sillones que comienzo a apreciar en vivo el magnetismo de una dama enfundada en ropa interior breve y exquisita. Sí que vimos a muchas de ellas con la pinta clásica, el estereotipo burdo de la teibolera: pelo más allá de la cintura, en capas, usando tangas que apenas si son unas ligas alrededor de las caderas. Pero otras, como Judith, demuestran audacia al tener otro estilo, más fino, en la sensualidad.

Entonces tomó el escenario una mujer que me impresionó, era como una aparición de los años treintas: alta, con su cabello cortado estilo bob, lacio, brillante. Su fleco liso y sus labios rojos, su cintura breve a medio camino entre los grandes pechos y las amplias caderas. Lucía no como una muñequita recién dejando la pubertad, como Judith, sino como una dama que ha visto y vivido, con un cuerpo acorde, capaz de revelarse con sus secretos y recuerdos. Llevaba ligueros de encaje negro por debajo de un vestido de gasa color aguamarina, su figura se develaba desnuda a instantes según sus movimientos. Preguntamos por ella al mesero y tras terminar su baile, Katia llegó a nuestra mesa.

Primero le bailó a una de mis amigas, contorsionó su torso con tan elasticidad que pareció desprovista de huesos, frotó rítmicamente su entrepierna contra la rodilla de ella, moviendo sus caderas hacia adelante y atrás, con la espalda arqueada, las piernas dobladas. Los meseros se apiñaron a nuestro alrededor, deseosos de ver. Indignada y divertida, los hice irse. Para un baile privado debes pagar más. Luego me tocó a mí. Me moría de nervios.

Nunca, a diferencia de otras mujeres heterosexuales, me han dado “asco” las mujeres, simplemente hasta ahora no se me han antojado de ese modo, por eso cuando Katia se sentó a horcajadas sobre mis caderas, balanceándose y frotándose placerosamente, mis impresiones corrieron de manera cerebral, analizando el momento, pensamiento tras pensamiento: esto es lo que un hombre ve, lo que un hombre siente, esta dulzura, este perfume. Katia me dejó tocarla, -tal
vez una concesión por ser mujer- deslicé mis manos torpes por la curva nívea de sus nalgas, por su cintura y su pelo, por ese peinado que me había encantado. Le pregunté dónde había comprado sus ligueros.

“En el mero centro, en Enrique González Martínez”

Luego se irguió y apoyó las manos a cada lado de mi cabeza, inclinó su pecho hacia mí y mi cara quedó hundida entre sus senos. Nunca había sentido el cuerpo de otra mujer, sólo visto y admirado la estética de su diseño. Cuando terminó, se despidió de mí con un brevísimo beso en la boca. Pura suavidad.

Y pues nada, que sigo esperando a que Judith me contacte para dibujarle.

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Lux, la regalaojos

Lux, la regalaojos

Una de las perras rabiosas de hambre, una cachorrita, aceptó los ojos que Lux le ofreció sin comérselos. Ahora es la mascota de la regalaojos. Tinta sobre papel.

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Lux, la regalaojos

La mayoría ciega

El ciego fuente de ojos nunca quiso ver. Tampoco el grueso de las tortugas desnudas. Sobraron ojos en esta parte del mundo donde la mayoría nace sin ellos.Tinta sobre papel.

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Blog Lux, la regalaojos

Para que deseen ver

Lux provoca el deseo en los sin-ojos desnudándose y mostrando los ojos sobre su cuerpo a manera de bandeja. Algunos sucumben a la tentación de ver y llenan sus vacías cuencas oculares.Tinta sobre papel.

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Lux, la regalaojos

Interludio

Una tortuga desnuda y una mujer que decidieron aceptar los ojos se reúnen a tomar un tecito. Los dos están de acuerdo en que ver no es para todos. Grafito sobre papel.

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Mal tercio

Lux está muy triste. Su proyecto de llevar ojos a su parte del mundo no está teniendo el éxito que ella pensaba. Sube al lomo de una tortuga sin darse cuenta de que no la dejará intimar con su compañero. Tinta sobre papel.

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Visión rechazada

Una buena amiga de Lux pondera las ventajas y desventajas de ver. Tras una larga deliberación, se decide en contra. No revela sus razones, pero la culpa le hace prometer a Lux que la ayudará a lograr que más sin-ojos deseen ver. Tinta sobre papel.

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Las ciegas rabiosas

Se ha corrido la voz de la mujer que anda por ahí repartiendo globos oculares en una bandeja de plata. Hay quienes desean los ojos no para ver, sino para tener algo que llevarse a la boca. Lux ya huele a ojos,y de una manera que les es irresistible a una manada de hambrientas perras negras callejeras. Tinta y grafito sobre paper.

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Nuevo novio

Lux encuentra a alguien que podría ser su pareja ideal: un hombre que no vive en su cabeza sino entre su corazón y las tripas.Grafito sobre papel.

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Padre que regresa

Una dama que aceptó los ojos ofrendados por Lux espera al padre de su hijo. Ahora que puede verlo regresar, se da cuenta de que es un fiero dragón rojo. Acuarela y grafito sobre papel.

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Los enterradores

Lux entrega pares de globos oculares a los enterradores de blancas túnicas. Siendo un pueblo extremadamente cortés, los aceptan. Pero cuando Lux se marcha hacen lo que mejor saben: enterrarlos en la tierra húmeda. Por alguna razón, ver es algo que no les interesa. Tinta sobre papel.